El Diagnóstico Estratégico F.O.D.A. y su síntesis es el paso inicial del proceso estratégico. El posicionamiento con su propuesta de valor, el diseño del conjunto de actividades y la elección de concesiones son los pasos previos para elaborar un Plan Estratégico adecuado que permita alcanzar la Visión.
El enfoque visionario permite definir el cuadro general de una estrategia competitiva, dejando los detalles específicos a una elaboración posterior: tácticas y planes de acción.
La Visión es el adonde queremos llegar = el PARA QUÉ, expresa cuál es la empresa deseada, con la obligación de encontrar resultados tangibles a obtener en cuanto a beneficios, participación, dimensión.
Es importante tener en cuenta que la visión debe Comunicarse a los miembros de la organización.
“La VISIÒN es algo que todos los integrantes de una organización deben recordar, por lo que deben sentirse inspirados por ella”.
Es por esto que la declaración de la VISIÓN debe ser comunicada y exhibida en una amplia variedad de formas, con el fin de que sea recordada y sirva de estímulo vivificante. Es necesario que la declaración de la VISIÓN sea parte de toda una filosofía empresaria por lo que es muy importante que todos los accionistas y empleados de la empresa se familiaricen con la declaración de VISIÓN.
La Misión es la respuesta estratégica al QUÉ y consiste en las siguientes definiciones concretas:
-Qué necesidades vamos a satisfacer, con qué productos Y qué servicios.
-A qué mercado y en qué área geográfica.
-Con qué habilidad diferencial ó competencia estratégica (tecnológica u otra)
La Misión es entonces el Negocio percibido, el escenario de operaciones, los compromisos con el Cliente externo.
Con base en la Misión y Visión se establecen los Objetivos a lograr.
El Plan Estratégico es el CÓMO alcanzar dichos objetivos.
“... Una VISION (el fin) declamada y hasta publicada, pero sin un Plan Estratégico de acción (el medio) es como un sueño.
La Visión es una idea que debe terminar en una acción concreta, y el nexo entre la idea y la acción es el Plan Estratégico.
Un Plan Estratégico de acción sin una VISION es un trabajo sin sentido;… no hay CÓMO sin un PARA QUÉ.
.. La Visión y el Plan Estratégico de acción, juntos y en armonía, es la mejor esperanza para el futuro de la organización... “
“En las transformaciones de empresas que han fracasado se suele encontrar muchísimos planes y programas, pero ninguna Visión”.
John P. Kotter
Autor: Ing. Carlos Conti, Director de la Consultora Estrategiza.
Fuente: John P. Kotter.
15/2/08
Integración de la Visión con el Plan Estratégico
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María José Palazón
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9:44:00 a. m.
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Etiquetas: Misión, Objetivos, Opiniones de Expertos, Planeamiento Estratégico, Visión
11/2/08
Objetivos y accionar inteligente (2º Parte)
Podríamos definir como “accionar inteligente” de una persona a “aquel que va perfectamente en línea con sus objetivos preestablecidos”.
El accionar inteligente presupone entonces:
1.Definir objetivos antes de actuar
2.Actuar exclusivamente a favor de dichos objetivos
Es claro que no podemos saber si una persona está realizando una acción inteligente, si no conocemos antes los objetivos que persigue.
Imagine a una persona que va caminando desnuda por la calle.
¿Es inteligente su accionar?
Muchos dirán “¡es un tonto!” o “¡es un loco!”.
Pero la verdad es que no lo podemos saber.
No podemos juzgar su accionar, si no conocemos antes sus objetivos.
Si su objetivo es “salir por televisión, en el noticiero”, les puedo asegurar que su accionar está siendo MUY inteligente, ya que las cámaras no tardarán en llegar.
Si su objetivo es “pasar desapercibido”, entonces claramente se está equivocando. No es inteligente su accionar.
Si en realidad su comportamiento no persigue ningún objetivo, entonces el problema es más grave aún. Ni siquiera podemos juzgar a la persona. En realidad no es inteligente ni tonta. Es inconciente. Gira sin sentido. Es como una “bola sin manija”. Simplemente, no va a ningún lado. No sabe lo que hace.
Usted pensará que esto no es posible, que es muy raro que una persona actúe sin objetivos prefijados.
Pero no es así.
Le puedo asegurar que muchísima gente pasa gran parte de su vida realizando acciones, comunicándose y relacionándose, sin objetivo alguno.
Por ejemplo, imagine a un hombre que, al atender el teléfono, descubre que se trata de una persona con la cual no desea hablar, y sin embargo se queda media hora charlando y riendo. Al cortar, alguien le pregunta “¿quien era?” y él contesta, molesto: “¡uh!, ¡el tonto de fulano!”.
Otra persona va caminando por la ciudad, recibe un llamado inesperado al teléfono celular, le hacen una invitación, y allá va, sin dudar, dando la impresión (correcta) de que no tenía ningún otro objetivo en mente cuando iba caminando.
Alguien declara abiertamente un domingo a la tarde: “estoy aburrido”, lo cual se traduce como “no tengo objetivos”, o “no soy capaz de plantearme por mí mismo algo para hacer”, o “necesito que el contexto me proponga algo”.
Una mujer se cruza con una vecina por la calle y se queda una hora charlando, sin siquiera pensar en que objetivo persigue con esa charla, ni en el valor del tiempo invertido, ni en las consecuencias de ese encuentro.
Un hombre sufre un pequeño altercado de tránsito y se trenza en infinita discusión con otro conductor, sin objetivo concreto alguno, llegando tarde al trabajo y auto-generándose serios inconvenientes.
Infinidad de personas que, cuando uno les pregunta, en entrevistas laborales: “¿dónde te gustaría estar en cinco años?”, contestan, sin tapujos: “ni idea”, o “no lo he pensado”, o simplemente ponen “cara de nada ”, casi ofendidos por semejante pregunta “ridícula”.
Personas que pasan horas frente a programas de televisión inútiles, o hasta perjudiciales, o enredadas en chusmeríos inconducentes, o en discusiones infinitas, o navegando a la deriva en Internet, o…
Sin objetivos pre-fijados derrochamos el tiempo irremediablemente.
Creemos que la vida, el tiempo y nuestras posibilidades de comunicarnos son infinitas, y por lo tanto las derrochamos.
Aclaremos: no son infinitas.
Fragmento del libro “Nadie sabe lo que somos”, por el Mg Ladislao Huber
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María José Palazón
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10/2/08
Objetivos y accionar inteligente (1º Parte)
Todos queremos tener éxito, ¿no?
Y, si.
Creo que a nadie vamos a oír diciendo seriamente: “yo realmente no quiero tener éxito”, “yo quiero fracasar”, “¡sí señor!”, “¡quiero tener problemas!”
Seguramente que no, salvo tal vez en un “arranque de locura”, de esos en los que somos capaces de decir cualquier cosa sin sentido, o con menos sentido que las que decimos en condiciones “normales”.
La verdad es que todos queremos tener éxito.
Pero… ¿qué es “éxito”?
¿Qué es exactamente “tener éxito”?
Para algunos es “ganar dinero”.
Para otros es “obtener fama”.
Para otros es “tener poder”.
Para otros es conseguir un trabajo importante, muy demandante, con muchos viajes, con mucho personal a cargo.
Para otros es lo contrario: sobrevivir trabajando lo menos posible, cargar con poca responsabilidad, tener mucho tiempo libre.
Para otros es formar una gran familia.
Para otros es no tener pareja estable, no tener hijos y viajar mucho.
Por cada persona hay una definición de éxito.
Esto es lógico, ya que “tener éxito” es simplemente “concretar los objetivos que nos proponemos”.
Sean cuales fueren esos objetivos.
Eso sí, sin objetivos preestablecidos no hay posibilidad alguna de éxito.
Si no se adonde quiero ir, obviamente no podré llegar.
Si no se qué quiero alcanzar, lógicamente no podré alcanzarlo.
En realidad no habrá nada que alcanzar.
Y obtener algo de manera casual no es “éxito” sino “azar”, no representa ningún mérito personal, y no genera esa particular satisfacción que surge de proponerse objetivos y luego alcanzarlos, a través del esfuerzo y la perseverancia.
Tener éxito no es simplemente “que sucedan cosas buenas”, sino proponérnoslas y hacer que esas cosas sucedan, de manera premeditada, planificada.
Fijar objetivos, como primera medida, es imprescindible para luego tener una referencia que nos permita evaluar nuestro accionar y nuestros resultados.
Así lo destacó Stephen Covey en su famoso libro “Los siete hábitos de la gente altamente efectiva” , incluyendo como segundo hábito: “comenzar con un fin en mente”.
Es decir, fijar objetivos, antes de actuar.
Y, por supuesto, jamás actuar sin objetivos.
¿Pensó usted alguna vez que, si una persona no tiene objetivos fijados, entonces de ninguna manera se puede juzgar si lo que está haciendo es conveniente o no?
No tener objetivos es literalmente como “navegar a la deriva”, sin un destino, sin brújula. Ningún puerto al que arribemos será correcto, ni incorrecto.
Simplemente no habrá forma de medir. No habrá forma de evaluar.
Sin objetivos pre-fijados, ninguna acción puede ser considerada correcta o incorrecta.
Fragmento del libro “Nadie sabe lo que somos”, por el Mg Ladislao Huber.
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María José Palazón
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2:45:00 p. m.
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